Del campo al barrio: migración, colmados y la música de los marginados
La bachata es la música de los campesinos que llegaron a Santo Domingo sin trabajo ni casa. Cómo eran los barrios donde creció, qué papel tuvieron el colmado y el bar, y por qué la élite la despreciaba.
equipo aprendebachata ·
Toda música popular tiene un lugar. El de la bachata son los barrios pobres de Santo Domingo que crecieron desde los sesenta. Estaban llenos de familias recién llegadas del campo. Allí se escuchaba en el colmado, se bailaba en el bar y se compraba en un puesto de la acera. Ese contexto explica sus letras, su sonido y el desprecio que sufrió.
La antropóloga Deborah Pacini Hernández trabajó en esos barrios en 1986 y 1987. Pasó más tiempo en Guaricano, un asentamiento nuevo detrás del vertedero de la ciudad. Visitó también Zurza, Gualey, Villa Francisca, Villa Consuelo y La Fe. Esto es lo que encontró.
Expulsados de la tierra
La emigración empezó bajo Trujillo. El dictador y sus socios acapararon tierras para la caña de azúcar y expulsaron a miles de campesinos. De los dieciséis ingenios del país, doce eran suyos. Entre 1950 y 1960 la población rural bajó del 76 % al 70 %.
Tras su muerte en 1961 ya no había nada que frenara la salida. Unos huían de la falta de tierra; otros, del caos político. La mayoría buscaba trabajo y la vida moderna que veía en la radio y la televisión. Entre 1960 y 1970 Santo Domingo casi duplicó su población: de unos 370.000 a unos 700.000 habitantes.
El sacerdote y sociólogo Jorge Cela describía tres oleadas. La primera llegó del este, donde estaban las plantaciones de caña. La segunda, del sur y el suroeste, por las expropiaciones de Trujillo. La última, ya sin dictadura, vino sobre todo del Cibao.
Barrios sin agua y sin servicios
La ciudad no estaba preparada. En sus bordes crecieron barrios levantados por sus propios vecinos en terrenos baldíos. Los más antiguos, como Los Guandules o Gualey, acabaron rodeados por la ciudad. Los nuevos, como Guaricano o Los Alcarrizos, se hicieron en terrenos peores y más lejanos.
El agua y la luz se tomaban de las líneas existentes. No había transporte público ni recogida de basura. En los ochenta, algunos barrios de la capital superaban las 50.000 personas por kilómetro cuadrado. En las zonas de clase media-alta la densidad era de 5.000 a 14.000.
Vivir de lo que se pueda
Sin empleo estable, la mayoría vivía de la economía informal: venta ambulante, servicio doméstico, pequeños arreglos, vigilancia. A principios de los ochenta casi la mitad de la población trabajaba así. Los sociólogos los llamaban «marginados». No porque fueran pocos, sino porque se les dejaba activamente fuera.
El negocio de la bachata era un ejemplo perfecto de esa economía. Los discos se fabricaban con máquinas y vinilo caros, pero se vendían en puestos de acera que se desmontaban cada noche. Lo contamos en el artículo sobre Radio Guarachita.
El sonido del barrio
La autora dedica una página preciosa al ruido. En los barrios, las casas son pequeñas y la vida se hace en la calle. Niños jugando a la pelota con palos, hombres con el dominó, vendedores pregonando, mujeres friendo en anafes de carbón. Y detrás, siempre, música: radios, tocadiscos, coches y colmados sonando a la vez. A nadie le molesta: el sonido es vida.
En los barrios acomodados pasaba lo contrario. Casas con verjas, vigilantes armados, radios bajas. Allí el silencio significaba refinamiento y el ruido, vulgaridad. Si se oía música, era rock o merengue de orquesta.
El colmado: la plaza del barrio
El colmado es la tienda de comestibles de barrio, mucho más pequeña y numerosa que un supermercado. Jorge Cela calculaba que en muchos barrios había uno por cada treinta y cinco familias. Era el espacio público por excelencia. Las mujeres iban varias veces al día a comprar. Los hombres pasaban por la tarde a por cerveza y tabaco, y jugaban al dominó en mesas frente a la puerta.
Casi todos los dueños tenían un equipo de música y compraban de vez en cuando las bachatas del momento. Como la bachata no sonaba en la FM ni en la tele, el colmado fue una de las pocas formas de oírla en público. Fue clave sobre todo para mujeres y niños, que no podían entrar en los bares.
La barra y la cafetería
El otro gran escenario era la barra, el bar de barrio. Muchas estaban ligadas a la prostitución, y la frontera entre bar y burdel era difusa. Por eso algunos locales se llamaban «cafeterías», para distinguirse de los burdeles.
No todas las barras eran de mala fama. La autora vio los domingos por la tarde a padres con sus hijos en barras de barrio, tomando refrescos, escuchando bachata y bailando. Por la noche el ambiente cambiaba. Con la crisis de los ochenta, los hombres pasaban cada vez más tiempo en esos bares. El bar acabó siendo el escenario de muchas letras.
Los conciertos de los ochenta
En la capital los conciertos de bachata eran raros. Los bares pobres no podían pagar un grupo, y las actuaciones casi nunca se anunciaban. Cuando las había, eran en locales pequeños, a menudo burdeles, con bola de espejos y una entrada de dos o tres pesos. A mediados de los ochenta, incluso Luis Segura tocaba en sitios así. En provincias, curiosamente, pagaban mejor.
- Sin escenario elevado: los músicos estaban casi a la altura del público.
- Entre pases se sentaban con sus amigos en las mesas.
- El cantante mandaba saludos a la gente del público durante toda la noche, como en la radio.
- Vestían trajes baratos de poliéster y camisas con volantes, que la clase media veía pasados de moda.
- La emoción estaba en la voz, no en la puesta en escena. Tony Santos era la excepción: se quitaba la chaqueta, la lanzaba al público y llegaba a tirarse al suelo.
Las orquestas de merengue, en cambio, salían de bastidores a escenarios altos, con trajes a la moda de Nueva York y coreografías. Esa diferencia de imagen también separaba a los dos públicos.
Pobres contra pobres
No todo el barrio escuchaba bachata. Los primeros migrantes solían tener algo de tierra y estudios, y consiguieron empleos más estables. Ellos y sus hijos tendían a preferir el merengue de orquesta, que sonaba a progreso. Los que llegaron después, más pobres, preferían la música de guitarra y acordeón que conocían.
En 1987 la autora lo comprobó. En Zurza, un barrio antiguo, los vecinos decían preferir merengue y balada. En Guaricano, el más nuevo, preferían la bachata y lo decían sin vergüenza. Ramón Cordero lo explicaba así: en los barrios había un complejo. Si la muchacha pensaba que te gustaba la bachata, bajabas dos o tres escalones.
La crisis de los ochenta
Los años ochenta fueron durísimos. Con el acuerdo con el FMI de 1983 subieron los precios y se congelaron los salarios. Entre 1984 y 1990 el salario mínimo real cayó un 62 %. En 1986 el paro rondaba el 29 %, y otro 40 % estaba subempleado. A finales de la década, el 59 % de la población ya vivía en ciudades.
Más de la mitad de quienes llegaban a la capital eran mujeres. Les resultaba más fácil encontrar trabajo en el servicio doméstico, las zonas francas o la venta callejera. Cada vez más hogares los encabezaban mujeres. La autora relaciona esos cambios con el giro de las letras hacia el despecho y el bar. Lo explicamos en de qué hablan las letras de la bachata.
Excluida a propósito
Hasta 1988 ningún disco de bachata había entrado en una lista de éxitos, sonado en una FM de la capital o llegado a las grandes tiendas. No era un problema de ventas: los vendedores de la avenida Duarte reconocían que vendían «más bachata que nada». Era un rechazo social. Un dependiente de una tienda elegante lo dijo claro: no querían que entrara «ese tipo de gente».
La autora llamó a la bachata «música de la marginalidad». La compara con otras músicas nacidas de migrantes pobres en las ciudades latinoamericanas: la chicha de Lima, la carrilera colombiana o la brega brasileña. Todas recibieron nombres despectivos y todas circularon por redes propias, lejos de la industria.
Por qué te importa si bailas
El libro apenas habla de pasos, pero sí de espacios: colmados, barras, cafeterías, fiestas patronales. Son sitios pequeños, llenos y con música grabada, donde se baila entre mesas y se socializa. Cuando en una clase de bachata tradicional te piden pasos cortos y baile en el sitio, piensa en esos lugares. Y cuando bailes una canción de despecho, recuerda quién la cantaba y desde dónde.
Fuentes
- Pacini Hernández, D. (1995). Bachata: A Social History of a Dominican Popular Music. Temple University Press, pp. xiv–xxii, 1, 11, 28–30.
- Pacini Hernández, D. (1995). Bachata: A Social History of a Dominican Popular Music. Temple University Press, pp. 62–63, 74–76, 106, 118, 154–158, 190, 226–238, 241–243.
Preguntas frecuentes
¿Dónde nació la bachata exactamente?
En los barrios pobres de Santo Domingo que crecieron a partir de los años sesenta con la llegada de campesinos sin tierra. Sus músicos y su público eran sobre todo migrantes rurales que vivían de la economía informal.
¿Qué es un colmado y qué tiene que ver con la bachata?
Una pequeña tienda de comestibles de barrio que funciona como lugar de reunión. Casi todos tenían música, y como la bachata no sonaba en la FM ni en la televisión, el colmado fue una de las pocas formas de oírla en público, sobre todo para mujeres y niños.
¿Por qué la bachata se asociaba a bares y burdeles?
Porque durante décadas los únicos locales que contrataban bachateros en la capital eran bares pequeños de barrio, muchos ligados a la prostitución. Algunos se llamaban «cafeterías» para distinguirse. Esa asociación alimentó el desprecio de la clase media.
¿Todo el mundo en los barrios escuchaba bachata?
No. Los migrantes más antiguos, con empleos más estables, solían preferir el merengue de orquesta. La bachata era sobre todo la música de los recién llegados y de los más pobres.