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Doble sentido, despecho y amargue: de qué hablan las letras de la bachata

De los boleros de amor perdido de los sesenta a las bachatas de bar, despecho y doble sentido de los ochenta. Cómo cambiaron las letras, por qué, y qué papel tuvieron mujeres como Mélida Rodríguez o Aridia Ventura.

equipo aprendebachata ·

La bachata es, ante todo, una música para contar historias. La antropóloga Deborah Pacini Hernández lo dice sin rodeos: no existe la bachata instrumental. Por eso, entender sus letras es entender buena parte del género. Y esas letras cambiaron mucho en treinta años, al mismo ritmo que cambiaba la vida de quienes las cantaban.

Aquí repasamos esa evolución con su estudio. No citamos letras completas: basta con los títulos y algunas palabras para que puedas buscarlas y escucharlas.

Los sesenta: amor perdido sin rencor

Las primeras bachatas seguían la tradición del bolero romántico. Hablaban de amor no correspondido o perdido, con mucho dolor y ninguna rabia. «Lágrimas de sangre», de José Manuel Calderón, y «Muero contigo», de Rafael Encarnación, son buenos ejemplos.

En «Muero contigo» el cantante habla directamente a la amada, de tú. Sufre, pero perdona. La historia no tiene lugar ni fecha: podría pasar en el campo o en la ciudad, en una fiesta o bajo una ventana. Es un espacio puramente emocional donde cualquier oyente puede meterse.

Una voz que casi llora

El rasgo vocal más reconocible de la bachata es un canto muy emotivo, a veces casi sollozante. Luis Segura llevaba ese estilo tan lejos que le apodaron «el Añoñaíto». En las canciones de humor o de bravuconería, en cambio, la voz se abre y se relaja.

  • Armonías cerradas, normalmente en terceras, como en otras músicas rurales.
  • Coros de pregunta y respuesta, que repiten un «no, no, no» o la última frase del verso.
  • Frases habladas o gritadas entre versos: el clásico «¡mami!», un «¡ay, ay, ay!» o un saludo a un amigo.
  • Pequeños diálogos teatrales. En «Dímelo, dímelo», Sijo Osoria se dirige en pleno puente a su productor, Radhamés Aracena.

Para quien baila, esas exclamaciones son señales. Suelen caer en los huecos instrumentales y marcan un cambio de energía.

El lenguaje del barrio

Muchas letras usan el verso de ocho sílabas de la décima, heredado del campo. Y casi todas usan el habla popular, con giros que la sociedad dominante veía como errores. En el Cibao, por ejemplo, la «r» final suena como «i». En 1977 una profesora que tenía una tienda de discos escribió al Listín Diario quejándose de las faltas de ortografía de las carátulas.

La autora defiende otra lectura. Los bachateros no escribían así por ignorancia, sino porque usaban un lenguaje compartido y apreciado por su público. Un fan lo resumía así: la bachata dice las cosas como se sienten, de un golpe, sin la teoría de Julio Iglesias.

Finales de los setenta y ochenta: el bar y el despecho

Con la crisis económica, las letras se endurecieron. Se aceleró el tempo y aparecieron otros temas: la bebida, el mujeriego, la fanfarronería y el desprecio hacia las mujeres. El crítico Andrés Rivera Payano habló de letras «mexicanizadas», porque se parecían más a las rancheras de cantina que al bolero.

La autora analizó docenas de canciones y encontró estos temas recurrentes:

  1. El deseo sexual.
  2. El engaño de una mujer.
  3. El abandono, la desesperación y la soledad.
  4. El bar como lugar de amistad masculina y de encuentros.
  5. La bebida, como preludio, como remedio o como simple placer.

Igual de revelador es lo que falta: casi nunca se habla de trabajo, matrimonio, hijos o familia. Tampoco hay lugares concretos ni viajes. El único sitio con nombre es el bar.

De «tú» a «ella»

Hay un cambio gramatical muy significativo. En los sesenta casi todas las bachatas hablaban a la mujer, de tú. En los ochenta solo la mitad. La otra mitad hablaba a los amigos sobre «ella». La canción dejaba de ser un diálogo de pareja para convertirse en una conversación entre hombres.

«A ésa me la llevo yo», de Marino Pérez, tiene un coro masculino que aconseja olvidarla. «Que me sirva ella», de Bolívar Peralta, sucede en un bar. Algunas canciones eran casi lecciones. «Aquí la mujer se daña», de Manuel Chalas, advierte de lo que pasa cuando una mujer del campo llega a la capital. «Pariguayo», de Toribio Jiménez, se burla del hombre ingenuo que confía en su pareja.

Qué es exactamente el amargue

Según la autora, «amargue» no es una tristeza cualquiera. Es la amargura que deja el engaño de una mujer. Se parece al blues, pero no es igual: el blues también habla de la desesperanza social. El hombre amargado se consuela en el bar con los amigos. Hay un título que lo resume: «No te amargues por ella», de Confesor González.

De tantas canciones así, la música empezó a llamarse «música de amargue» a principios de los ochenta. En la misma época crecieron las canciones de despecho, que respondían al abandono con rabia. «La aliantosa», de Luis Emilio Félix, es un ejemplo virulento. «El cañón», de Silvestre Peguero, lleva la bravuconería hasta las armas.

El doble sentido: vender con humor

Al mismo tiempo triunfó otra categoría: las bachatas de doble sentido. Contaban escenas sexuales cambiando las palabras explícitas por objetos cotidianos. Tony Santos, Blas Durán y Julio Ángel fueron los especialistas, y sus discos fueron de los más vendidos de los ochenta. El doble sentido ya existía en el merengue típico, pero nunca se había usado así como estrategia comercial.

  • «Amarilis», de Tony Santos (1986), se abría con un grito que pedía agua para refrescarse. En el barrio todos entendían la segunda lectura.
  • En «¿Qué será lo que quiere Juanita?», Blas Durán gritaba que Juanita podía tumbar a un guachimán. Así se llama al vigilante armado de las casas ricas.
  • «El salón», de Julio Ángel, más conocida como «El pajón», jugaba con un peluquero y su peine.
  • «El huevero», de Blas Durán, habla de un hombre sin trabajo que solo puede ofrecer su virilidad. Da nombre a la sección que la autora dedica al tema.

La autora observa un patrón curioso. El cuerpo femenino se representaba con frutas y alimentos; el masculino, con aparatos y máquinas. Y señala algo más: estas canciones trataban el deseo de las mujeres como algo natural y divertido, no como una amenaza. Nunca se usaban para condenarlas.

El historiador Arístides Incháustegui vinculaba el gusto por el doble sentido al miedo bajo Trujillo, cuando hablar claro era peligroso. Lo contamos en música y dictadura. El sacerdote Jorge Cela añadía otra clave. En el barrio, reírse de uno mismo y de sus penas de amor es una forma de sobrevivir.

La sociedad educada calificaba estas canciones de inmorales. Pero, como recuerda la autora, la misma prensa publicaba fotos provocativas y la publicidad de cerveza usaba dobles sentidos visuales. Lo que se condenaba no era el contenido, sino la clase de quien lo consumía.

El romanticismo nunca se fue

En los discos que la autora reunió en 1986 y 1987, alrededor de un tercio seguían siendo románticos. Luis Segura y Leonardo Paniagua se especializaron en ese registro. «Dime que me quieres», de Segura, es puro bolero trágico. Aun así, Paniagua, en «Tú sin mí», cierra un lamento muy poético con una imagen callejera impensable en una balada.

Las voces de las mujeres

Casi todas las bachatas las escribían y cantaban hombres. Solo dos mujeres alcanzaron fama nacional. Mélida Rodríguez, «la Sufrida», fue la primera cantante de bachata y componía sus propias canciones. Murió joven tras grabar un LP y unos pocos sencillos.

Sus letras eran insólitas para su época. En «La solitaria» deja su pueblo y acaba sola en una barra. En «La sufrida» se niega a que su valor dependa de su vida sexual. Mientras los hombres seguían en el amor etéreo, ella ya cantaba al bar como símbolo de la soledad urbana.

Aridia Ventura, «la Verduga», fue la otra gran voz, aunque muchas de sus canciones las escribieron otros y las eligió Aracena. En «La fiesta» invierte el despecho: es ella quien echa al hombre de casa y prepara una fiesta. Otras cantantes, como Carmen Francisco o «Zorangis la Soberbia», apenas dejaron rastro.

No era un veto general a las mujeres en la música dominicana. Había orquestas de merengue femeninas, como Las Chicas del Can, y acordeonistas como Fefita la Grande. Pero en la bachata las mujeres casi siempre fueron el tema, no la voz.

Bachatas políticas

Fueron pocas, pero existieron, y casi siempre en ritmo de merengue, son o guaracha. «Hay que seguir protestando», de Ramón Torres, denuncia la miseria. «El concón», de Los Macopejes, usa el arroz pegado al fondo de la olla como metáfora de los pobres. En 1978 Blas Durán pidió en «Ojo pela'o» vigilar el recuento electoral con metáforas de béisbol. Tras la derrota de Balaguer celebró el cambio en «Llegó la paz».

Una lectura justa

La autora no romantiza la misoginia de muchas letras. Pero insiste en algo que los medios de la época no quisieron ver: eran un síntoma de la crisis social, no su causa. Los hombres culpaban a las mujeres de problemas que venían del paro, la pobreza y el hacinamiento. El contexto lo explicamos en del campo al barrio.

En los noventa la tendencia cambió. Para entrar en la radio, muchos bachateros redujeron el doble sentido. Raulín Rodríguez escribió a propósito letras «bonitas», a imitación de Luis Segura.

Por qué te importa si bailas

Porque bailar una bachata de amargue no es lo mismo que bailar una de doble sentido. La primera pide abrazo, pausa y escucha. La segunda invita a jugar, a reír y a soltarse. Si sabes qué cuenta la canción, tu baile cuenta lo mismo. Y si un día te cruzas con una letra que te incomoda, ahora sabes de dónde viene.

Fuentes

  • Pacini Hernández, D. (1995). Bachata: A Social History of a Dominican Popular Music. Temple University Press, pp. 12–14, 20–26, 84, 114–116.
  • Pacini Hernández, D. (1995). Bachata: A Social History of a Dominican Popular Music. Temple University Press, pp. 122–141, 153–184, 212, 228–231.

Preguntas frecuentes

¿De qué hablan las letras de la bachata?

Sobre todo de amor y desamor. En los sesenta eran boleros de amor perdido sin rencor; desde finales de los setenta aparecen el bar, la bebida, el engaño, el despecho y el doble sentido sexual. Siempre hubo, además, bachatas románticas puras.

¿Qué es una bachata de doble sentido?

Una canción que cuenta escenas sexuales sustituyendo las palabras explícitas por objetos cotidianos, con humor. Tony Santos, Blas Durán y Julio Ángel fueron sus grandes especialistas en los años ochenta.

¿Qué significa «amargue» en la bachata?

La amargura que deja el engaño de una pareja. Según Pacini Hernández, se parece al blues pero se centra en la relación amorosa. De ahí el nombre «música de amargue», popular a principios de los ochenta.

¿Quién fue la primera mujer en cantar bachata?

Mélida Rodríguez, «la Sufrida», en los años sesenta. Componía sus propias canciones y habló con una franqueza insólita de la soledad, el bar y la libertad sexual. Murió joven, tras grabar muy poco.